domingo, 9 de octubre de 2016

EDICIÓN No. 119. Análisis. Al Acuerdo de Paz no lo deslegitima la falacia uribista

El pueblo colombiano reaccionó rápidamente al descalabro del domingo 2 de octubre y cada vez se moviliza con más ímpetu para que Santos no ceda ante la falacia uribista que busca la prolongación de la guerra. (Foto: Gustavo Montoya, Fipu Press).

POR UN PUÑADO DE VOTOS

Por Luis Alfonso Mena S.
Una de las consignas del momento debe ser ¡No más Uribe! Este individuo es el gran enemigo de la paz y de la reconciliación en Colombia, y lo único que pretende es darle largas a una "renegociación" que ahora, con el cinismo que lo caracteriza, él mismo niega, porque, a pesar de que fue una de sus consignas de campaña para engañar incautos y lograr réditos electorales, lo que realmente busca es acabar con el proceso, mandar al cesto de la basura el Acuerdo de Paz todo. Lo de la “renegociación” con inamovibles y exigencias de rendición es, simplemente, una gran farsa.

Uribe quiere impunidad para agentes del Estado inmersos en violaciones de derechos humanos y homicidios a granel en connivencia con el paramilitarismo, lo mismo que para sus socios corruptos; cero soluciones para el agro; más concentración de la riqueza en la plutocracia y menos espacios políticos para las organizaciones alternativas.


La verdad es que el dueño del Ubérrimo teme como el que más la llegada al ejercicio de la política de miles de jóvenes y de veteranos combatientes que desde la insurgencia tienen muchas propuestas para el país y podrían contribuir a reconfigurar, con ideas nuevas y nuevos liderazgos, el espectro nacional, hegemónicamente dominado por las élites de derecha y de extrema derecha. De ahí su negación de la elegibilidad política para los insurgentes.

Uribe es el jefe de gamonales, de grandes terratenientes y "empresarios" (?) del campo (¡vaya eufemismo!); el vocero de la burguesía más reaccionaria, y el inspirador de la nefasta campaña de desinformación, mentiras y montajes que dieron al traste, por una ínfima minoría, con la posibilidad de que hoy, a esta hora, ya estuviera en marcha el Acuerdo de Paz en Colombia.

(Ya hay denuncia penal contra Juan Carlos Vélez, el gerente de la campaña del No que reconoció la múltiple estrategia de tergiversaciones y falsedades contra el Acuerdo de Paz en la Campaña del No, lo que configura haber incurrido en fraude al elector y concierto para delinquir).

Por un puñado de votos (menos de 54.000, en un universo de casi 35 millones de potenciales sufragantes), el país no puede seguir arrodillado a los pies de un individuo que debería estar siendo procesado por crímenes de lesa humanidad: los falsos positivos que les costaron la vida a miles y miles de colombianos (más de 3.000), caídos en desarrollo de su estrategia contrainsurgente, plagada de trampas, falacias y violación de derechos, puesta en práctica como línea estratégica de gobierno durante sus ocho años de oscuro mandato.

El empate en las votaciones por el sí y el no, muy lejos de lo que pretende la cuarteta Uribe-Ordóñez-Pastrana-Ramírez, no le da la solvencia ni la contundencia para imponer su voluntad: representa menos del 19% del electorado.

Lo ocurrido el 2 de octubre no es más que el resultado de la puesta en escena de nuevo de las tácticas de odio, segregación social y discriminación clasista de Uribe, con miras, finalmente, a impedir mínimas reformas en el campo y en el espectro político en Colombia.

Uribe quiere imponerle al país, con el puñado de votos mayoritario del “no”, la rendición a la guerrilla. Sigue tratando a las Farc-EP como si estuvieran derrotadas, cuando en realidad lo que ocurrió es que en sus ocho años de desgobierno no las pudo vencer; para él solo hay dos caminos: la rendición o la derrota militar; lo que significa, más guerra; por eso habla de “paciencia”, porque no le importa que el país siga sumido en el conflicto por sécula seculórum, eternamente.

Por eso insistimos en que el Nobel de Paz otorgado a Juan Manuel Santos es también para las víctimas del conflicto, para el pueblo que mayoritariamente quiere la paz y para la insurgencia que ha demostrado con creces su vocación de reconciliación, más allá del "no" del domingo pasado.

Y por eso mismo, Santos no puede obnubilarse con el galardón, pues éste debe corresponder a un anhelo de los colombianos en el sentido de que el Acuerdo de Paz se ponga en marcha y de que se desempantane el proceso de reconciliación, inundado por el lodazal uribista.

Las élites no aceptarán el Acuerdo de Paz de la noche a la mañana; se requerirá de la movilización del pueblo colombiano en las calles, todos los días, en todas las horas, y cada vez en mayores multitudes.

Miles de connacionales lo han entendido así, y por eso siguen marchando, como en Cali el miércoles y el domingo pasados, o en Bogotá, donde se concentran centenares en una vigilia que va para una semana.

No hay otra forma: el pueblo en las calles es más que un puñado de votos manipulados, manchados por la mentira, deslegitimados por el delito y cuestionados en la práctica por una comunidad internacional que con el Nobel y decenas de actos más le está diciendo a Colombia que no juegue más con su destino.

En gran medida, depende del pueblo en las calles que el Acuerdo de Paz sea respetado, antes de que la corruptela uribista imponga su manguala.


Cali, domingo 9 de octubre de 2016.

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