domingo, 31 de enero de 2016

Crónica. Memorias de una tragedia: 22 años del desbordamiento del río Frayle

Imagen del desastre ocasionado por el río Frayle a su paso por Florida.

La avalancha que convirtió a Florida en otro Armero

Por Milton Fabián Henao 
Las nubes grises cargadas  de un fuerte aguacero, como le escuché decir a  mi  abuela en aquella tarde, se convirtieron en el presagio más cercano de lo que estaba por venir. “Mire ese cielo como está. Va a caer un diluvio”, dijo.

Las populares cabañuelas, tradición con la que nuestros abuelos descifraban las condiciones climáticas de todo el año, sol o lluvia, según los primeros doce días del mes de enero, fue el antecedente.

El sol que bañó las montañas de nuestra población en horas de la mañana distrajo de cualquier preocupación a todos aquellos que ese día  nos levantamos para ir al colegio, abrir el negocio, vender  el pandebono o ir a la Plaza de Mercado.


“No se olvide de ir a la galería a traer los maduros de la comida”, dijo mi madre, a eso de las 3:30 de la tarde.

Y ahí estaba yo. Parado frente al popular jarillón, que separaba al barrio La Cabaña de los potreros adyacentes al rio Frayle. No alcancé a ir a hacer el mandado. Pero si alcancé a palpar la tragedia. Eran las cuatro p.m.

No  pude evitar que la piel se me  erizara  y que mis ojos se inundaran  de lágrimas, así como se inundó ese día Florida de lodo, agua, piedras y cuerpos mallugados,  que emergieron  cubiertos de dolor. 

De pronto vi cómo un pequeño roedor, subido en la astilla de un pedazo de árbol,  trataba  de llegar a la orilla utilizando su cola como hélice y motor de propulsión para saltar  a tierra firme. Me cobijaba el asombro.

Es el momento que más recuerdo, el que menos dolor  me produce, el que da cuenta de la magnitud de la tragedia. Unas aguas enfurecidas que escudriñaron todo rincón de nuestra población y que sacaron a flote los cuerpos de por los menos unos 29 floridanos que sucumbieron ante la bravura del río. Flotar.

De los demás, aún no se sabe 22 años después.  El lodo y el río se los tragó y convirtió a los barrios Brisas del Frayle, El Pedregal,  El Prado y La Playita en un camposanto en el que hoy  sólo habitan las almas de quienes murieron ese día.

“Lo mismo ocurrió hace 18 años”, decía doña Aurora mientras trataba de encontrar dónde había quedado su casa y de la cual logró salir corriendo para salvar su vida por segunda vez.  “Cada 20 años se repite esta avalancha. En la primera, nos tocó subirnos a los techos de las casas”, añadió

La creciente no avisó
Otros no tuvieron la misma suerte de doña Aurora. La intempestiva creciente del rio Frayle no avisó, como si ocurría en otras ocasiones. Las lluvias y la sirena del cuerpo bomberil anunciaban cualquier anormalidad en el cauce del afluente y alertaban a la población.

Pero ese día, en segundos, el río estaba en la los patios de las casas, en las piscinas delos balnearios ubicados en la parte alta, en las  calles del municipio, por encima de los puentes y, sobre todo,  arriba de las vidas de muchos.

Aquella tarde,  pese al cielo encapotado de nueves grises, no cayó una sola gota de agua. Toda llegó de repente, desde la  parte alta y transformada en una avalancha que cambió la vida de Florida. Tanto, que hasta hoy seguimos sufriendo las consecuencias y las problemáticas de esta tragedia.

“Prácticamente se convirtió en otro Armero”, expresaban los comunicadores que cubrieron los hechos, en referencia, guardadas las proporciones, al deshielo del volcán nevado del Ruíz que cubrió el municipio de ese nombre en el Tolima, lo arrasó y causó más de 20.000 muertes: todo el pueblo desapareció.  De hecho le decían Armerito a Florida.

Florida otra vez fue noticia nacional. En esta ocasión no por cuenta del conflicto, sino por la naturaleza que se ensañó contra unos pobladores que históricamente han vivido de tragedia en tragedia.

Abandono estatal, pobreza, miseria, violencia guerrillera, violencia paramilitar, corrupción política, y, ahora, la delincuencia  común.

Colombia se volcó hacía nuestro municipio. Las ayudas nacionales e internacionales no se hicieron esperar. Las campañas para ayudar a los más de dos mil damnificados, habitantes  de por lo menos 400 casas,  se volvieron cotidianas.

El presidente de la época, César Gaviria, visitó Florida,  sobrevoló la zona del desastre y prometió ayudas y subsidios de vivienda.

Las calles de la población se transformaron en autopista de tierra al secarse el lodo, los colegios públicos, en refugio de los damnificados. Tuvimos que compartir con ellos por lo menos durante 12  meses.

Recibimos clases en medio del llanto, de la tristeza expresada por quienes lo perdieron todo. Las enfermedades epidemiológicas llegaron para complicar la situación. 

Con el tiempo todo empezó a volver a la normalidad, los damnificados fueron reubicados en lo que hoy conocemos en esta localidad como Nuevo Horizonte, El Progreso y La Hacienda, pese a que  Ingeominas había expresado que el terreno no era apto para construir y la CVC sostenía que seguía siendo una zona de alto riesgo.

El balance
El balance de la tragedia fue de 29 personas muertas, 120 heridas,  un sinnúmero de desaparecidos, 438 casas destruidas, 395 averiadas, cuatro barrios borrados del mapa y más de dos mil damnificados.

De esa magnitud fue la Avalancha del rio Frayle, ocurrida  el 31  de enero de 1994, cuando las lluvias ocurridas en la parte alta del municipio generaron una gran avalancha, alimentada de las aguas del rio Santa Bárbara, que unidas a las del Frayle produjeron una de las tragedias más recordadas de esta población.

De la avalancha hoy seguimos viviendo las consecuencias. Las casas levantadas en las zonas de reubicación presentan  daños en sus  estructuras porque el terreno no es apto para construir como se advirtió.

Los  subsidios prometidos por el presidente Gaviaría  llegaron, pero fueron robados por funcionarios púbicos inescrupulosos. De hecho, el municipio tiene una sanción que le impide ser beneficiario de proyectos de vivienda de Interés Social,  porque nunca lograron justificar a qué personas les fueron entregados los dineros.

Finalmente, y quizás es lo más grave, quienes llegaron a ocupar las viviendas de las personas damnificadas fueron desplazados de Buenaventura, Tumaco y otras poblaciones cercanas como Miranda y Puerto Tejada.

Ello, asociado a la falta de empleo, educación y otras oportunidades, sumado a ingobernabilidad  de los mandatarios locales, ha generado otra tragedia: la explosión de la delincuencia común que ha cobrado la vida de muchos ciudadanos de esta población en los últimos tiempos.

Domingo 31 de enero de 2016.


(*) Periodista vallecaucano, corresponsal del Canal Telesur en Colombia.

Florida inundada por el barro y al desesperanza hace 22 años.

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