domingo, 27 de abril de 2014

Historia. En 1974, militares progresistas se alzaron contra la dictadura en Portugal


40º aniversario de la Revolución de los Claveles: nostalgia y resignación

La revolución liberó los presos políticos de las cárceles, puso fin al Estado represor y proclamó el cese de la guerra colonial en Angola, Mozambique y Guinea Bissau que abre el camino a los procesos de independencia en África. Hoy lamentablemente no hay nada que celebrar. Las perspectivas del país no pueden ser peores. El gobierno de coalición conservador PSD-CDS ha destruido el Estado Social, la Constitución y la herencia ideológica que sobrevivía de los militares revolucionarios. 

Por Carlos Urabá (*)
A las O: 20 horas del día 25 de abril de 1974 en la programación de Radio Renascença inesperadamente se escuchó la canción Grándola, Vila Morena del autor José Afonso (una pieza clásica del folclor del Alentejo que hace referencia la fraternidad entre los campesinos) que estaba censurada por la dictadura por sus alegorías al comunismo. Esta era la señal esperada por los integrantes del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) para iniciar el levantamiento en las diferentes cuarteles del país. Una facción de militares de mando medio cansados del terrible desgaste de las guerras coloniales de Mozambique, Guinea-Bissau y Angola y la ruina económica que esto generaba decidieron amotinarse contra la dictadura salazarista. 


Entre los que luego serían conocidos como los “capitanes de abril” se destacaban Otelo Saravia de Carvalho, Vasco Lourenço, Salgueiro Maia, Vasco Goncalves. En tan sólo unas horas el Estado Novo (1926-1974), la dictadura más antigua del continente, se derrumba. Los insurrectos van sumando incondicionales y se dirigen a Lisboa a tomar los centros neurálgicos del poder.

 Al amanecer los tanques de las unidades de caballería invaden la capital en una marcha triunfal sin precedentes. Las guarniciones de la infantería, la marina, la aviación se unen a los golpistas y la población civil emocionada les depara una multitudinaria bienvenida. Los versos de la canción Grándola de José Afonso cobran inesperadamente su verdadero significado: “el pueblo es el que más ordena”. 

En una de las plazoletas del centro de Lisboa una vendedora de flores emocionada le regala un clavel rojo a un soldado en muestra de agradecimiento. Ese gesto poético se transforma en el símbolo de la rebelión, que a partir de entonces se conocerá como “la revolución de los claveles”. Una revolución pacífica que renuncia a la violencia, pero que está decidida a enterrar al fascismo. El pueblo ansioso por saciar su sed de libertad eufórico se desborda cual río embravecido por las calles lisboetas. Los manojos de claveles se agotan y por arte de magia la primavera florece en el cañón de los fusiles. 

Los soldados del MFA rápidamente se hacen con el control de los enclaves estratégicos, tales como la radio, la televisión, los ministerios y el Cuartel do Carmo donde se refugiaba el premier Marcelo Caetano. Tras tensas negociaciones, el dictador se rinde y con todo su gabinete es conducido hasta al aeropuerto donde aborda un avión con destino a Brasil. 

Mientras tanto, la algarabía arrecia en las calles celebrando el advenimiento de una nueva era. La revolución ha triunfado. Se liberan los presos políticos de las cárceles, se pone fin al Estado represor y policial y se proclama el cese de la guerra colonial en Angola, Mozambique y Guinea Bissau que abre el camino a los procesos de independencia. Los líderes de la asonada pretenden imponer el socialismo real donde todo el poder recaiga sobre los trabajadores, los obreros y los campesinos. Un movimiento romántico y utópico que quizás no estaban preparado para fraguarse. 

Entre tanto, en España la dictadura franquista se muestra muy preocupada por los terribles acontecimientos que se desarrollan en el vecino país. Uno de sus aliados se desploma y la amenaza bolchevique que se creía neutralizada desde la derrota de la Unidad Popular en la guerra civil se reactiva con gran virulencia. Hay que tomar medidas urgentes pues la conflagración puede extenderse a la España una, grande y libre, la reserva espiritual de occidente. De inmediato el caudillo ordena militarizar la frontera y censurar toda información que llegue a los medios sobre la crisis portuguesa. (Sólo a través de Radio Pirenaica o la BBC de Londres se podía obtener informaciones fidedignas) Esas imágenes de un pueblo extasiado por el júbilo y felicidad que celebra su recién conquistada libertad era una provocación inadmisible. Y lo peor de todo es que los militares rebeldes simpatizaban con la Unión Soviética y pretendían instaurar una “dictadura marxista”. Hay que reconocer que Portugal tuvo el honroso mérito de derrocar a sus dictadores mientras que en España, por el contrario, el generalísimo Franco, fue ungido como héroe sacrosanto y enterrado con toda la pompa en el Valle de los Caídos.

No quedaba la menor duda que el gobierno del “estado Novo” había sido víctima de una conspiración judeo-masónica auspiciada por agentes infiltrados al servicio de Moscú. Inmediatamente se convocó un consejo extraordinario de ministros presidido por el Generalísimo Franco y el príncipe Juan Carlos para analizar tan delicada situación. En una sala del Palacio del Pardo contemplaron horrorizados las imágenes grabadas por el corresponsal de TVE en Lisboa. Tales escenas donde el “populacho” celebraba la victoria presa de la histeria colectiva les causó un profundo sentimiento de asco y de repulsa. La España del imperio hacia Dios tenía que hacer algo para salvar a Portugal de las garras del Marxismo. ¿Quizás ir a su rescate al grito de ¡a mí la Legión!? Según documentos desclasificados de la CIA, el presidente Gerald Ford y Henry Kissinger le rogaron a Franco que facilitara la entrada en Portugal de los marines para combatir a los comunistas. No olvidemos que Portugal había sido miembro cofundador de la OTAN y en esa época de la guerra fría no podían darse el lujo de perder a un incondicional aliado. 

En todo caso poco a poco la tormenta fue remitiendo y pronto la reacción se hizo con las riendas del poder desmovilizando el proceso revolucionario en ciernes. Al año siguiente Franco murió o, mejor dicho, subió invicto a los cielos dejando como heredero de su magnánima obra al rey don Juan Carlos I. Pero en todo caso ya las cosas no iban a ser las mismas, el mundo estaba cambiando a marchas forzadas y España no era una excepción. Incluso en el seno del ejército surgió una tímida disidencia representada por la UMD (Unión Militar Democrática) de clara inspiración en la MPD de sus colegas portugueses. Marruecos se aprovecha de esta turbulenta coyuntura e invade el Sahara español (al que Franco le había prometido su autodeterminación). También los grupos de resistencia antifascista (Grapo, Terra Lliure, Frap o ETA) no se quedan atrás y redoblan su campaña de atentados en un intento por desestabilizar aún más al régimen. La sociedad española, tras 40 años de dictadura, del mismo modo que en Portugal tenía una insaciable sed de libertad. En las universidades estallan por doquier las manifestaciones de protesta estudiantil y las huelgas convocadas por los sindicatos se multiplicaban por todo el territorio nacional. Tales atentados contra la ley y el orden fueron reprimidos salvajemente por la Policía Nacional y los cuerpos de seguridad del Estado. El franquismo sabía que estaba en sus estertores y necesitaba reconvertirse urgentemente en una monarquía parlamentaria

Parece mentira pero los comunistas en Portugal estuvieron a punto de alcanzar el poder. Un hecho insólito que se frustró por culpa de las divisiones internas de la izquierda y la falta de consenso. En el año 1975 tras la convocatoria de elecciones constituyentes se dio paso a la socialdemocracia burguesa que persiguió a los militares revolucionarios criminalizándolos hasta las últimas consecuencias. 

En España se aplicó con el PCE la misma fórmula, pues no le quedó más remedio que aceptar la restauración monárquica y la tutela del ejército franquista si quería integrarse de pleno derecho en el proceso de la mal llamada “transición constitucional”. La propuesta del PCE de organizar una Junta Democrática fracasó para dar paso a la Plataforma Democrática del Psoe, completamente sumisa a los postulados de la burguesía españolista. 

Al cumplirse el 40 cumpleaños de la Revolución de los Claveles lamentablemente no hay nada que celebrar. Las perspectivas del país de cara al futuro no pueden ser más pesimistas. El gobierno de coalición conservador PSD-CDS ha destruido por completo el Estado Social, la constitución, el pluralismo sindical y la herencia ideológica que aún sobrevivía de los militares revolucionarios. 

El rescate económico decretado por la troika (Unión Europea, el FMI y el BCE) en el 2011, ha sumido a Portugal en una profunda crisis, pues las políticas de ajuste han traído como consecuencia un creciente desempleo, el aumento de los impuestos y el recorte de los programas de bienestar social. Portugal es un estado fallido, una víctima más del capitalismo depredador que va sembrando por el mundo el hambre y la miseria. Al parecer sólo les queda la resignación y la nostalgia.




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