domingo, 13 de septiembre de 2015

Informe. Las obras en la vía Buga Buenaventura, una tortura sin fin

Aspecto de la carretera a Buenaventrua, cuya ampliación parece una obra interminable. (Foto: Rubén Darío Taborda).

El tapón del pacífico

Por Rubén Darío Taborda (*)
La primera semana de octubre del año pasado viajé a San Cipriano, una reserva natural que se encuentra antes de llegar a Buenaventura. En el bus  que  me llevaría a ese escenario ecológico se me presentó la  oportunidad de observar las  obras en el corredor Buga-Buenaventura, donde participan entidades como la Agencia Nacional de Infraestructura, ANI.

El viajero de mochila puede quedar gratamente impresionado con túneles que son como cilindros de cemento que  atraviesan pequeñas colinas rocosas, cuentan con doble calzada y con buena  iluminación. Las personas que han tenido la oportunidad de  viajar a ese Pacífico del comercio, de la comida de mar y del menospreciado turismo nacional se topan con viaductos que intentan superar la naturaleza agreste que pasó de agache en la clase de geografía que dan en el colegio.

Pero las obras correspondientes a la doble calzada Bugá-Buenaventura pareciera que no  han contado con la bendición del Señor de los Milagros de Buga, pues hasta al más  desprevenido observador le llama la atención que esta mega obra nacional tenga aún viaductos incompletos, tramos sin pavimentar, túneles  sin habilitar y cortinas de  hierro al aire libre  que parecen hechas  a la velocidad una obra pública en Bogotá.

Los 118 kilómetros de esta vía que permitirá  movilizar a la  industria  y el comercio de ciudades como Medellín, Bogotá y Cali parece volverse un proyecto que se dilata en el tiempo, pues cerca del corregimiento de Loboguerrero cuenta con un tramo de 17 kilómetros al que hay que hacerle cortes de montaña, como el que se encuentra entre  el municipio de Vijes y Darién, en el Valle del Cauca, para agilizar la movilidad de los camiones que transiten  en esta zona del occidente colombiano.

Resulta mejor echar mano del río Guapi, en el departamento del Cauca; del río Dagua, en el Valle del Cauca, o del Atrato, en el Chocó, para sacar la diversidad de  productos perecederos y fabricados que se producen en Colombia, tal como lo hacen las comunidades que cultivan  chontaduro, según  una canción del grupo de salsa Son de Azuca: “Bajando de río Guapi, voy rumbo hacia Timbiquí a vender mi chontaduro para poder subsistir”

Mientras tanto, en el puerto del Pacífico se piensa cómo evacuar de las bodegas de Buenaventura lo que se importa de Asia y de otros rincones del planeta, pues los conductores de los tractores  pueden movilizarse sólo los domingos, lunes y martes de 7:00 a.m. a 8:00 p.m. y miércoles, jueves y viernes de 11:00 a.m. a 8:00 p.m.

Para colmo de males, esa vía cuenta con tramos  inconclusos que hacen ver a  Colombia cómo un rincón del mundo que apenas abre las puertas a la globalización, porque contamos con un puerto que nos ofrece intercambio comercial con socios  importantes al otro lado del Pacífico, pero una autopista en obra negra. Así, el corredor entre La Ciudad Señora y el principal puerto sobre el Pacífico parece un cuello de botella para este bello  país.


(*) Periodista independiente

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