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domingo, 29 de abril de 2012

Análisis. La importancia de la Marcha Patriótica

El día de la Marcha Patriótica, el 23 de abril, en la Plaza de Bolívar de Bogotá (Foto: José Julián Mena R, enviado especial de PARÉNTESIS).

La izquierda se reinventa, 
la derecha se empantana

Todo hace indicar que el control social y político de las élites mediante múltiples estrategias y mecanismos está llegando a su fin. ¿Las redes de clientelas están siendo superadas por las redes sociales? En ese contexto la Marcha debe ser leída  como la respuesta de los de abajo frente a un cumulo de problemáticas que pretenden tramitarse en el espacio público  de la política contestataria, las resistencias y las movilización del siglo XXI.

Por Carlos Victoria (*)
El pasado 23 de abril no solo se hicieron múltiples lecturas en todo el país por cuenta de la celebración del día del idioma, sino que también se comenzó a escribir una nueva página de la historia política de la  nación. A la par que surgía un nuevo movimiento político en las calles bogotanas, tras una multitudinaria marcha, el presidente Santos, jefe de la coalición de gobierno daba un giro: con desespero anunciaba la construcción de 100 mil viviendas gratis para los más pobres en los próximos cuatro años. El deterioro de su mandato es inocultable.

La decisión de retirar a Vargas Lleras de la cartera de gobierno y ponerlo a gerenciar un proyecto con tufillo demagógico y abiertamente populista, no es gratuito: el nieto del expresidente resultó averiado con la ley de derechos de autor para aceitar el TLC, y de paso quedó abierta la carrera para la reelección de Santos, de concretarse un anuncio que depende del cabildeo de una ley en el Congreso de la República, el CVY de los agentes políticos regionales y locales, y del laberinto institucional que ha impedido en casos como Gramalote y La Virginia poner en pie la primera casa propobre.

A menos de los dos primeros años del gobierno Santos, su popularidad sigue en picada, según la encuesta revelada por Semana, y  la maniobra es apenas propia de un libreto mediático para conjurar el agravamiento de la crisis social. Apenas ahora gobierno admite que  21 millones de colombianos no  tienen capacidad de ahorro para hacerse a una casa con subsidio, lo cual explicaría el fracaso de una política de vivienda que se rencaucha no en función de resolver problemas de inequidad sino como señuelo electoral, para lo cual  ha servido en últimas esta versión institucional de la combinación de todas las formas de lucha.

La suma cero de la derecha es evidente: el ex presidente Uribe se consolidó como una fastidiosa piedra en el zapato de JMS; la ley de restitución de tierras no avanza y tiene poderosos enemigos, representados en lo que el propio gobierno ha llamado “la mano negra”; la parapolítica vive ahora en cuerpo ajeno; la reforma universitaria se cayó por cuenta del ímpetu estudiantil; la reforma a la justicia es un mosaico de confabulaciones contra el Estado de derecho y pro impunidad; la pobreza cede pero la desigualdad sigue  ensanchándose, y la Unidad Nacional es una jauría de cazadores de rentas, puestos y lisonjas.

La encuesta de Semana arroja indicadores demasiado inquietantes para el gobierno. Por ejemplo: el 43 % de los entrevistados dice que el desempleo y la pobreza son los principales problemas que golpean a los colombianos. Según este sondeo aumenta el número de colombianos cada vez más hartos de la guerra y por tanto prefieren una salida política y negociada al conflicto armado: el 53 % desea negociar la paz. La multitudinaria manifestación del pasado lunes simplemente esta ratificando esta tendencia. Sin embargo al otro día el Ministro de Defensa anunciaba la compra de 10 nuevos helicópteros por 150 millones de dólares. El presupuesto de guerra sigue obnubilando el panorama.

El debilitamiento del PDA, por cuenta de los  escándalos de corrupción en Bogotá, la frustración de las clases medias con el rumbo que  tomó la Ola Verde, el ascenso de Petro con Progresistas, el éxito  de la Mane al derrotar el proyecto de ley de reforma a la educación superior, el malestar ciudadano contra la locomotora minera, el anuncio del fin al secuestro por la principal organización guerrillera, y ahora el surgimiento de la denominada Marcha Patriótica, son los hechos políticos más significativo en el campo de una oposición que en menos de seis meses despliega su fuerza en la plaza Bolívar de Bogotá. Miles de universitarios ya lo habían hecho en noviembre pasado. En este contexto todo está servido para que  la reinvención de la izquierda se abra paso, en medio de escenarios globales y locales que  alimentan sus  objetivos.

¿Hasta dónde logrará avanzar la Marcha  para no repetir el pasado de otros tantos intentos de unidad de la izquierda colombiana? Estas y otras preguntas surgen para advertir que no se trata de una flor de un día, ni mucho menos un movimiento cualquiera si su  base es social, como argumentan, porque coincidiría con el auge de los movimientos sociales que a lo largo de esta parte del continente no solo han acentuado la crisis de los partidos políticos, sino que los han relevado de sus tradicionales lugares de vanguardia, a la derecha y a la izquierda. Si es así, estaríamos asistiendo a la modernización del repertorio político de una izquierda colombiana averiada por dogmatismos, extremismos y cegueras que  la autodestruyeron en las últimas décadas.

Las banderas sociales del bipartidismo quedaron hechas trizas hace rato. Su poder quedó reducido a maquinarias electorales en alianza con la criminalidad en sus diversas expresiones. El Partido Liberal terminó traicionando sus postulados, y ahogándose en el mar de las privatizaciones y la corrupción, alejándose cada vez más de las luchas sociales. El Partido Conservador, bajo la tutela de Uribe Vélez, se autodestruyó. Entre ambos partidos configuraron el peor de todos los daños que le han causado a la sociedad colombiana: la parapolítica. De estos cueros salieron las correas como la U, Alas, Colombia Viva, etc., recomponiendo un mapa político, pero del horror.

Estos partidos dejaron de representar a millones de colombianos atrapados por la pobreza y la exclusión, el despojo de sus tierras y empleos, en suma: la esperanza. En  su lugar muchos salieron del país buscando soluciones; otros arrancaron por el atajado de la ilegalidad y tramitaron la inclusión por  la vía de la competitividad mafiosa. El rebusque se impuso  en las ciudades como el mecanismo de subsistencia más expedito entre sectores de la población golpeados por el neoliberalismo. Las guerras callejeras (Davis, 2007) son el correlato de la economía de subsistencia –microtráfico- por cuenta de bandas y grupos que controlan el negocio y la vida de esos colombianos expulsados del campo y un trabajo digno.

Todo hace indicar que el control social y político de las élites mediante múltiples estrategias y mecanismos está llegando a su fin. ¿Las redes de clientelas están siendo superadas por las redes sociales? En ese contexto la Marcha debe ser leída  como la respuesta de los de abajo frente a un cumulo de problemáticas que pretenden tramitarse en el espacio público  de la política contestataria, las resistencias y las movilización del siglo XXI. Darle un tratamiento policial al asunto refleja por qué las élites viven alejadas de esa realidad que ahora les mueve el piso. Es la vieja costumbre de impedir cualquier discusión honesta sobre las causas del desastre social. Criminalizar la oposición, como ha sucedido, es encubrir la tierra devastada que han dejado atrás, como bien argumenta Mike Davis en su libro Planeta de Ciudades Miseria.

Las victorias iniciales de Santos en el campo de batalla no se han traducido en el campo político y social. Esta paradoja no es casual y solo explicaría hasta dónde la asimetría entre políticas de defensa y equidad llevan a efectos perversos, como en Colombia, en la medida en que  no ha resuelto los problemas de concentración de la riqueza y la distribución del ingreso. La compra del periódico El Tiempo, por el banquero Luis Carlos Sarmiento  Angulo, es apenas una muestra de este modelo que, en este caso, empobrece la pluralidad y la diversidad en el campo de la información y la opinión pública. En fin, ahora asistimos, por cuenta de la marcha, a una nueva lucha  por la distribución del poder. Como en el pasado  esperamos que no se tramite con un reguero de muertos y desaparecidos.

(*) Editor del blog Agenda Ciudadana.

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